Meditación III

Sentado una y mil veces en el mismo lugar del tiempo.

Anclado en el vientre a la inestabilidad de la vida y viajando en la cresta de mis sensaciones, percepciones y pensamientos.

La serenidad sin límites es el espacio único que todo lo envuelve, y una suave oleada de amor se expande como un sonido que no tiene comienzo ni fin; resuena en mi corazón, no obstante, y me siento feliz.

Nada más que hacer que permanecer sentado en este instante eterno.

Alguien me dijo en la consulta…

A. C. es una persona que está trabajando sobre sí mimo poniendo conciencia a su sufrimiento desde hace algunos años, cuando estaba al borde del abismo de la ventana y ese vacío era para él tan atractivo que lo temía.

Ha transcurrido algún tiempo desde que nos conocemos, y hemos hecho un gran trabajo: él con su coraje, con su intenso deseo de vivir una existencia  comprometida con la verdad aunque sea desabrida, con la honestidad de un hombre abierto que no tiene nada que perder más allá del sufrimiento, con el amor que no conocía tener y que se abre paso a través de las mentiras aprendidas. Yo con mi tiempo, con mi presencia compartida sin más pretensiones que la escucha y el encuentro, con mis palabras complementarias a las suyas que aportaban posibilidades escondidas a su mirada cerrada y obsesiva… Ahí hemos estado bregando con la nada, con la angustia, con los sentimientos desoídos, con el descubrimiento de su cuerpo sepultado entre pensamientos circulares y repetitivos.

Y después de este tiempo, recupero unas frases por él dichas… compartidas con admiración y respeto:

“A menudo tendía a complacer a los demás, a hacerme el gracioso con casi todas  las persona para que me aceptaran; aunque eso implicara soportar como si no estuvieran sucediendo actitudes de los demás que no me gustaban, incluso reírse de mí y yo de mí mismo hasta hacerme sangre en el alma. Adaptarme a situaciones muy incómodas con una sonrisa que escondía más bien lágrimas de humillación, de rabia, de dolor.

Ahora me doy cuenta de que soy yo quien deslegitimaba mis sentimientos, quien deslegitimaba mi dolor, porque no me sentía capaz de enfrentarme, oponerme al otro. Y esto me llevaba a sufrir mucho, a pensar mucho (hasta la parálisis) sobre la vida, sobre el dolor, sobre el desamparo de todos los seres y las mentiras de las religiones y filosofías, de la injusticia de la vida… una gran empanada mental que me confundía y angustiaba.

También necesito darme cuenta de qué me hace daño, claridad para saber cuándo no me respetan, cuándo no me respeto. Y esa conciencia viene de la sensación, cuando algo interno salta, un sentimiento que aprendo a reconocer. Prestar atención, estar más atento a mí mismo en vez de agradar a los demás y observar la reacción de los demás que me darán la pauta de lo que les pasa a ellos. Así nos enriquecemos.

Volver a casa, vivenciar la tranquilidad, la seguridad, la legitimidad, el dolor, el enfado. Ser mi refugio. En esto estoy.”

Son unas pocas palabras recogidas literalmente que me llegaron al alma el día que me las dijo. Quiero compartirlas porque muestran que es posible el reencuentro con uno mismo, con la legitimidad y el respeto, con la dignidad, con el amor propio bien entendido y con el sentir como guía del autoconocimiento. Espero que os inspiren tanto como en mí lo hicieron.