El tendero.

Recogí despacio los utensilios, cachibaches, baratijas, algún objeto de valor, mis propias pertenencias, los recuerdos, algún resto de comida, el tapete con motivos hindúes, una mesa grande plegable, una silla igualmente plegable, mi intención de vender, el dinero de las ventas del día, y me fui. Era el último de aquel día en retirarme, no sé porqué, pues hacía tiempo que nadie compraba, aunque miraban algunas cosas.

Pero quien realmente miraba era yo. A la gente, a la calle, al cielo, a los pájaros, a todo lo que se movía, o a lo que estaba quieto.

Me fui sumiendo poco a poco en un estado extraño y viejo. En realidad toda mi actividad, el comercio, el trato con la gente, no eran sino un excusa, el pretexto para una búsqueda, el afán de un encuentro. Y aquella tarde, durante un tiempo, me entretuve en mirar, en no hacer nada con lo mirado, y descubrí: que quienes más corrían menos avanzaban, que los más activos no iban a parte alguna. En cambio también descubrí que la quietud estaba llena de sentido, que cumplía plenamente su objetivo: la presencia pura.

Era extraño, pues vi tras la corteza de los árboles y más allá del corazón de algunos individuos el crecimiento sin más motivo que la vida.

Y me veía a mí mismo, inquieto, buscando el anhelo de un encuentro a penas recordado. Sin embargo esto fue lo más chocante, como un destello: ¡nadie me había abandonado!

¿Qué búsqueda, qué anhelo? ¡Si nunca había ido a ninguna parte, si nunca me había alejado, ni perdido! ¿Qué encuentro? ¡Si nunca me había separado!

Había pasado en esto buena parte de la tarde, viendo, pues nadie compraba desde hacía algún tiempo. Cuando se habían ido los demás tenderos yo permanecí un rato más aquella tarde. No tenía prisa, ni tiempo que ganar o perder, ni otro lugar a dónde ir, ni nada que dejar.

Así pues recogí mi puesto y me fui.