Es tremendo el sufrimiento ante cualquier circunstancio o situación cuando no se pueden contemplar alternativas.

Es tremendo el dolor cuando uno está anclado en la visión de la pérdida, del miedo, de la impotencia o la prepotencia.

Es tremendo el desgarro cuando no hay más posibilidades que la lucha frente al agravio, el desprecio o el olvido, sobre todo de los que amamos.

Es tremenda la desdicha cuando no hay más posibilidades que la verdad única de la mente oscurecida por el daño recibido.

Es tremendo el sinsentido cuando uno está limitado por un visión cerrada condicionada por la rabia, el resentimiento o el odio.

Es tremenda la destrucción provocada por la violencia que acaba con la vida sin más perspectiva que la venganza.

Es tremenda la soledad tras el acto violento que destruye, tanto, que a veces acaba con la propia vida.

Es tremenda la desolación de la mirada depresiva que no admite más opciones que la nada estéril de un corazón cegado por la rabia y por la culpa de una exigencia radical e ineludible.

Es tremendo. Es tremendo

¿No hay alternativas?

¿Quién es el enemigo? ¿El enemigo es el otro?

¿No es posible, acaso, la mirada desde los ojos ajenos? ¿No somos acaso ajenos nosotros a la mirada que nos daña y nos ignora? Extraño contra extraño, ajeno contra ajeno. ¿Quién empezó esta lucha fratricida? ¿Quién es el enemigo? A veces, casi siempre, el enemigo está dentro: el resentimiento, la culpa, el miedo, el orgullo, el odio.

Pero… ¿y si te atrevieras a ser el otro? ¿Y si el otro quisiera ser tú?

Descubrirías que el corazón herido busca consuelo, que heridos estamos todos, que nadie tiene la culpa de este sinsentido, de una vida tan cargada de injusticias. Nadie. Ni yo, ni tú. O acaso dios, que siendo misericordioso nos expulsó del paraíso y nos enseño a usar el poder, y el poder del castigo, trasmitido de generación en generación, de padres a hijos, por los siglos de los siglos.

¿Alguien encontrará descanso en la lucha, en el desprecio?

La solución está en el otro, en el enemigo. Y en lo otro, en lo desconocido, lo temido.

Si tú no puedes ser yo, yo seré tú. Y te trataré con el mismo amor que yo necesito, con la misma indulgencia que reclamo para mis errores, con la misma responsabilidad que exijo para mí cuando el equivocado eres tú. Lloraré contigo el dolor que yo te provocado, consolaré tu ira con el perdón sincero que yo pido cuando yo soy herido por tu desidia, y restauraré el daño con la humildad que necesito.

 

 

 

Tu presencia

No estamos aquí para juzgar ni condenar a nadie, sino para frenar nuestra conciencia egoísta y crecer en altruismo, compasión y amor.

La madurez humana pasa por ampliar la dimensión de la generosidad. Desde el egoísmo, el interés centrado exclusivamente en mí mismo, abrir la conciencia del cuidado, la posesión, el sentido de “lo mío” a “los míos”; a la familia primero, a los amigos, al trabajo, a los de la misma comunidad o grupo, a los de las mismas creencias, a los de la misma especie, a los seres de la tierra, al universo entero.

Hasta saber, sentir, que cuidarte a ti es amarme yo, que el propio respeto es aceptación del otro, que contigo yo soy más, que juntos somos más, que tú eres parte de mí y yo una parte tuya, y todos un solo ser, y con el planeta, y con el universo.

Un solo sujeto. Diferentes miradas.