Gracias, Diana, por tus manos.

 

Me acompañas sin pretensiones al borde mismo de la Nada.
Allí me dejas en el centro del Silencio.
En Luz me disuelvo, siendo Luz.
Y nada queda mío.
La gratitud por Tu presencia y el espacio pleno de la existencia sin destino.
Floto en el el cuerpo como la gota de agua en el océano.
Nazco a la magnitud del aire que respiro, pleno de energía.
El sentimiento es esencia de Pertenencia, el lenguaje fruto del movimiento.
Todo cabe en este este espacio carente de sentido, siendo como soy el universo todo.

La mirada de mis ojos

Miro mis ojos. Son triste, serenos (aunque a veces mi mirada se me llena de ira, se me distancia o se me ciega). Y estalla de alegría mi mirada.

Miro mis ojos oscuros: y en el silencio del espejo alcanzo profundidad suficiente para abismarme en la oscuridad de mis pupilas. Mis ojos me miran y no me alcanzan, me ven y me traspasan sin aprehenderme.

Y entonces, en un instante, por un brevísimo tiempo, soy mirado desde dentro por una mirada que traspasa la conciencia ordinaria. De allí, lejos, muy lejos, surge un rayo que penetra por mis ojos y funde mi corazón.

Entonces no puedo sino cerrarlos, y aun así su resplandor inmenso me ciega toda visión que no es sino ella: Luz intensa.

Mis ojos miran a través de misma mirada que los contempla. Mi corazón se enciende, mi entendimiento se atonta, mi lengua calla.