Nada humano me es ajeno

NADA HUMANO ES AJENO.

Amoroso silencio que se habita de palabras.

Comprensión luminosa del sufrimiento.

El milagro acontece cuando te miro frente a frente: yo soy tú, y te siento desde dentro, y te conozco con mi cuerpo.

Gusto el júbilo del encuentro y te acepto sin condiciones ni reparos.

Sé de tu dolor como sé del mío, pues somos uno. He mirado en tus ojos la ira del desamparo, y me conmuevo de ternura en mi corazón, que es el nuestro.

Me has dado la libertad de conocer tu miedo, y he experimentado la soledad y el aislamiento que anidan en el pecho: te acojo asustado y frágil, y a tu lado me entrego a tu tristeza.

Tú te consuelas de mil ausencias, y juntos crecemos hasta alcanzar el encuentro de la mirada cómplice: ¡Eres importante!

La humanidad te traspasa hasta hacerte trasparente, no puedes esconderte porque tú también me amas. Y entonces la ternura nos funde en un abrazo.

Aguardo un instante, y te encuentro, siempre, atrapado en nudos tejidos de abandonos y exigencias. Ahí te miro y me reconozco. Y durante un tiempo te acompaño como si fuéramos niños, cogidos de la mano. ¡Esa es la solucion al laberinto!

El silencio de nuevo se hace nuestro aliado, y descansamos.

Yo me estremezco de admiración por tu coraje, lagrimas de alegría estallan en risas compartidas y juntos nos reconocemos en el mutuo agradecimiento.

Nada humano nos es ajeno.

Labios rompen el silencio

Labios delgados como espadas rompen el silencio.

Los pensamientos nacen de algún sitio del cerebro, y antes de convertirse en palabras recorren los laberintos secretos de mi cuerpo: cruzan un instante antes de ser sonidos mis articulaciones, por mis nervios llegan a mis músculos, se nutren de sensaciones y en la piel se impregnan de contactos. Antes de pronunciar una palabra escucho y veo el espacio y el silencio; me mantengo quieto, o me muevo muy despacio para enterarme  bien de lo que siento. Por último, mis pensamientos se bañan de alegría o de tristeza, de rabia o de lamentos, en las piscinas emocionales de mi vientre y de mi pecho.

Luego, de nuevo en el cerebro, los pensamientos se hacen palabras, se visten de sonidos y salen de mis labios hiriendo como espadas el silencio.

El mar.

El mar. Un profundo silencio azul oscuro tatuado de relinchos blancos.

Quietud y movimiento constantes. Como yo mismo, como mi propio ser y mi universo.

Pensamientos, pensamientos, pensamientos, olas, olas, olas; incesantemente.

Las olas galopan, evolucionan, avanzan, mueren en sí mismas agotado su eterno movimiento, y quedan quietas hasta el siguiente instante en que de nuevo un rizo ligero se convierte en pensamiento. Así casi siempre.

¿Miraste el agua y contemplaste, inmenso, el abismo que se abre bajo tan inquieto mivimiento?

¿Te sumergiste en ese océano de silencio?

¿Has sentido el abismo, ese abismo, y te has reconocido?

Nada hay más enorme que el enorme vacío de la nada.