PARA PAREJAS EN APUROS

Algunas cosas importantes para la reflexión:

1º: Muchas de nuestras necesidades afectivas esperamos que sea nuestra pareja la que se ocupe de satisfacerlas; la mayor parte de las veces sin que ni siquiera sepa el otro/a qué es lo que esperamos o necesitamos, con lo cual… la frustración está casi garantizada (y el reproche también).

2º: Somos parte activa en la comunicación, y por tanto es conveniente reflexionar sobre cómo participamos en la generación de conflictos, y en cómo a menudo potenciamos sin querer lo que más nos desagrada de nuestra pareja con actitudes complementarias a lo que no nos gusta del otro/a: desde la sumisión y consentimiento o desde la confrontación, el reproche o la bronca.

3º. Nos empeñamos en que nos escuchen y pocas veces escuchamos. Creemos tener razón y queremos que nos la den, sin darnos cuenta de que el otro también está en lo mismo.

4º: Con frecuencia damos lo que nos gustaría recibir, más que lo que el otro/a realmente necesita, y nos sentimos frustrados porque no reconocen nuestro esfuerzo ni recibimos lo que esperamos.. y estamos al principio.

MEDITACIÓN IV

Respiro.

Oleadas de experiencia hacen zozobrar al pensamiento, rendido.

Sin palabras.

Entonces me noto con más precisión de lo que lo hiciera en cualquier otro momento:

Soy el espacio hueco.

Soy la nada recubierta de apariencias.

Soy la reverberación del silencio.

Soy la imagen del espejo vacío.

Soy la eternidad emergiendo del tiempo.

Crecimiento disolviéndome en la conciencia.

Enorme presencia.

Meditación III

Sentado una y mil veces en el mismo lugar del tiempo.

Anclado en el vientre a la inestabilidad de la vida y viajando en la cresta de mis sensaciones, percepciones y pensamientos.

La serenidad sin límites es el espacio único que todo lo envuelve, y una suave oleada de amor se expande como un sonido que no tiene comienzo ni fin; resuena en mi corazón, no obstante, y me siento feliz.

Nada más que hacer que permanecer sentado en este instante eterno.

Alguien me dijo en la consulta…

A. C. es una persona que está trabajando sobre sí mimo poniendo conciencia a su sufrimiento desde hace algunos años, cuando estaba al borde del abismo de la ventana y ese vacío era para él tan atractivo que lo temía.

Ha transcurrido algún tiempo desde que nos conocemos, y hemos hecho un gran trabajo: él con su coraje, con su intenso deseo de vivir una existencia  comprometida con la verdad aunque sea desabrida, con la honestidad de un hombre abierto que no tiene nada que perder más allá del sufrimiento, con el amor que no conocía tener y que se abre paso a través de las mentiras aprendidas. Yo con mi tiempo, con mi presencia compartida sin más pretensiones que la escucha y el encuentro, con mis palabras complementarias a las suyas que aportaban posibilidades escondidas a su mirada cerrada y obsesiva… Ahí hemos estado bregando con la nada, con la angustia, con los sentimientos desoídos, con el descubrimiento de su cuerpo sepultado entre pensamientos circulares y repetitivos.

Y después de este tiempo, recupero unas frases por él dichas… compartidas con admiración y respeto:

“A menudo tendía a complacer a los demás, a hacerme el gracioso con casi todas  las persona para que me aceptaran; aunque eso implicara soportar como si no estuvieran sucediendo actitudes de los demás que no me gustaban, incluso reírse de mí y yo de mí mismo hasta hacerme sangre en el alma. Adaptarme a situaciones muy incómodas con una sonrisa que escondía más bien lágrimas de humillación, de rabia, de dolor.

Ahora me doy cuenta de que soy yo quien deslegitimaba mis sentimientos, quien deslegitimaba mi dolor, porque no me sentía capaz de enfrentarme, oponerme al otro. Y esto me llevaba a sufrir mucho, a pensar mucho (hasta la parálisis) sobre la vida, sobre el dolor, sobre el desamparo de todos los seres y las mentiras de las religiones y filosofías, de la injusticia de la vida… una gran empanada mental que me confundía y angustiaba.

También necesito darme cuenta de qué me hace daño, claridad para saber cuándo no me respetan, cuándo no me respeto. Y esa conciencia viene de la sensación, cuando algo interno salta, un sentimiento que aprendo a reconocer. Prestar atención, estar más atento a mí mismo en vez de agradar a los demás y observar la reacción de los demás que me darán la pauta de lo que les pasa a ellos. Así nos enriquecemos.

Volver a casa, vivenciar la tranquilidad, la seguridad, la legitimidad, el dolor, el enfado. Ser mi refugio. En esto estoy.”

Son unas pocas palabras recogidas literalmente que me llegaron al alma el día que me las dijo. Quiero compartirlas porque muestran que es posible el reencuentro con uno mismo, con la legitimidad y el respeto, con la dignidad, con el amor propio bien entendido y con el sentir como guía del autoconocimiento. Espero que os inspiren tanto como en mí lo hicieron.

Sentada

Inspirando desde una nada de silencios la plenitud se presenta en un instantes solo.

Y como desde una altura una hoja cae, así cae la espiración hasta extinguirse en el extenso y profundo lago de la quietud más absoluta.

Durante un tiempo, o en un sintiempo donde se notan las ausencias, se abren espacios sutiles entre las bambalinas del teatro del pensamiento, las figuraciones de la vida emocional de los recuerdos y las fantasías personales llevadas al mundo de los sueños.

Espacios sutiles de nada y de silencios, plenos. Presencia pura. Quietud y un levísimo movimiento interno no sujeto a la tiranía de la conciencia de los pensamientos.

No se acaba hasta que el impulso vuelve a cargar la inspiración de potencia suficiente, inhalando el aire que penetra en el vientre llenándome de vitalidad y de energía suficientes para alcanzar el cénit del principio.

Nadie puede decir cuánto dura este proceso, este tiempo de conciencia silenciosa sin pensamientos.

El tendero.

Recogí despacio los utensilios, cachibaches, baratijas, algún objeto de valor, mis propias pertenencias, los recuerdos, algún resto de comida, el tapete con motivos hindúes, una mesa grande plegable, una silla igualmente plegable, mi intención de vender, el dinero de las ventas del día, y me fui. Era el último de aquel día en retirarme, no sé porqué, pues hacía tiempo que nadie compraba, aunque miraban algunas cosas.

Pero quien realmente miraba era yo. A la gente, a la calle, al cielo, a los pájaros, a todo lo que se movía, o a lo que estaba quieto.

Me fui sumiendo poco a poco en un estado extraño y viejo. En realidad toda mi actividad, el comercio, el trato con la gente, no eran sino un excusa, el pretexto para una búsqueda, el afán de un encuentro. Y aquella tarde, durante un tiempo, me entretuve en mirar, en no hacer nada con lo mirado, y descubrí: que quienes más corrían menos avanzaban, que los más activos no iban a parte alguna. En cambio también descubrí que la quietud estaba llena de sentido, que cumplía plenamente su objetivo: la presencia pura.

Era extraño, pues vi tras la corteza de los árboles y más allá del corazón de algunos individuos el crecimiento sin más motivo que la vida.

Y me veía a mí mismo, inquieto, buscando el anhelo de un encuentro a penas recordado. Sin embargo esto fue lo más chocante, como un destello: ¡nadie me había abandonado!

¿Qué búsqueda, qué anhelo? ¡Si nunca había ido a ninguna parte, si nunca me había alejado, ni perdido! ¿Qué encuentro? ¡Si nunca me había separado!

Había pasado en esto buena parte de la tarde, viendo, pues nadie compraba desde hacía algún tiempo. Cuando se habían ido los demás tenderos yo permanecí un rato más aquella tarde. No tenía prisa, ni tiempo que ganar o perder, ni otro lugar a dónde ir, ni nada que dejar.

Así pues recogí mi puesto y me fui.

 

Aquí y ahora

Ahora, en este momento que lees lo que ahora estoy escribiendo.

Aquí, en el cuerpo, respirando, sentado, cálido y tranquilo, en este silencio acompañado por los sonidos de la vida que me envuelve, me doy cuenta:

De que estoy notando la postura de mis manos y el calor del hueco entre los dedos,

De que estoy sintiendo la presión de los muslos en el asiento,

De que estoy apretando la lengua contra el cielo,

De que estoy subiendo, y bajando, y guardando silencio, y esperando,

De que estoy estando sentado, atento,

De siento, siento, siento… de que estoy sintiendo, de que “me” estoy sintiendo, “Yo”, sin más… sin menos… sin palabras ni conceptos, respirando… respirando…

Del espacio que ocupo en el espacio,

Del aire del que me lleno,

Del sonido, del silencio, potente y sutil,

Del cuerpo quieto,

Del flujo constante te pensamientos, fantasías, recuerdos,

Del ahora, del aquí, del momento, de este momento, del vacío de los objetos, escribiendo, leyendo, notando la compleja simplicidad de este momento.

Por un tiempo sin espera, durante un tiempo, en la eternidad de nuestro encuentro.

Para siempre, desde siempre.

Gracias.

Meditación II

Inspirando desde una nada de silencios la plenitud se presenta en un instante solo. Y como desde una altura una hoja cae, así cae la espiración hasta extinguirse en el extenso y profundo lago de la quietud más absoluta. Durante un tiempo, o en un sin tiempo donde se notan las ausencias, se abren espacios sutiles entre las bambalinas del teatro del pensamiento, las figuraciones de la vida emocional de los recuerdos y las fantasías personales llevadas al mundo de los sueños. Espacios sutiles de nada y de silencios, plenos. Presencia pura. Quietud y un levísimo movimiento interno no sujeto a la tiranía de la conciencia de los pensamientos…

No se acaba hasta que el impulso vuelve a cargar la inspiración de potencia suficiente, inhalando el aire que penetra en el vientre llenándome de vitalidad y de energía suficientes para alcanzar de nuevo el cenit del principio.

Nadie puede decir cuanto dura este proceso, este tiempo de conciencia silenciosa sin pensamientos, Nadie…

Expectativas

Desde el sufrimiento de los problemas cuando se han hecho enfermedad o desde el ansia de los deseos humanos, las expectativas de un mundo irreal de bienestar permanente y duradero nos genera aún más sufrimiento, un sufrimiento que tiene más que ver con las expectativas que con la vida real, tan incierta como maravillosa.

Sobrevaloramos las expectativas, exigiendo y exigiéndonos lo que no es ni en ocasiones puede ser, y renunciamos a nuestra responsabilidad, a lo posible, a lo real, qué sí puede darnos felicidad, aunque no necesariamente los resultados esperados.

Es precisamente la espera de resultados previamente definidos por el deseo lo que  desde el principio y a la postre nos lleva a trampas, autoengaños y grandes sufrimientos.

Consciencia.

Como un fogonazo de luz que no se acaba se cuela una frase por los intersticios que dejan las palabras dictadas por el sufrimiento más intenso: “No me ¡Ríndete, no luches! amas”.

Me fío de mí mismo, obedezco, y ahora: respiro y no opongo, respiro y no opongo.

Es cuando el terror se disuelve en confianza de lo ya sabido, el dolor evoluciona en una suave y compasiva calma, la tensión florece en alegría… y la distancia vacía con todos los seres amados que anticipa el gusto de la muerte estalla en una presencia carente de egoísmo:

Amorosa aceptación de todo cuanto ocurre, la vida se despliega en su movimiento eterno que todo lo abarca y “me” aniquila.

Ya poco importa morir, dormir o estar despierto: el amor lo llena todo en un grito que rompe las diferencias: ¡Te amo!